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Friedrich Schiller
Tres poemas filosóficos:
Traducción y notas: © Martín Zubiria
LOS IDEALES
¿Quieres pues, desleal, de mí apartarte
con tus encantadoras fantasías,
con tus dolores, con tus alegrías,
con todo, huir inexorablemente?
¿Nada en la huida detenerte puede,
¡oh, tú!, edad dorada de mi vida?
Es inútil, tus ondas presurosas
ya de la eternidad al mar descienden.
Se apagaron los soles placenteros
que alumbraron mi senda juvenil,
y deshechos están los ideales
que el ebrio corazón otrora henchían,
ella perdióse al fin, la dulce fe
en seres que mi ensueño hizo nacer,
de la hostil realidad volvióse presa
lo que una vez divino y bello fue.
Como un día con ansias vehementes
Pigmalión a la piedra se abrazaba
hasta que ardiente en las mejillas frías
de mármol derramóse el sentimiento,
así me uní con amoroso abrazo
a la naturaleza, con placer
juvenil hasta que empezó a alentar
y a templar en mi pecho de poeta,
y al compartir mis férvidos impulsos
un lenguaje encontró la que era muda,
el beso devolvióme del amor
y de mi corazón oyó el latido;
árbol y rosa para mí vivían,
plateadas fuentes para mí cantaban,
y hasta lo inanimado percibía,
el eco claro de mi palpitar.
Dilató con impulso poderoso
un todo parturiento el pecho angosto,
para salir de sí hacia la vida
con imagen y son, palabra y obra.
Qué grande era este mundo por su forma
cuando aún el capullo lo ocultaba,
pero que poco ¡ay! se ha descubierto,
y este poco, qué pobre y qué pequeño.
Cómo saltó, alado por su arrojo,
dichoso en la quimera de su sueño,
aún no sujeto por cuidado alguno,
el joven, al camino de la vida.
Hasta el astro más pálido del éter
el vuelo levantólo de sus planes,
nada tan alto, tan lejano había,
adonde con sus alas no llegase.
¡Qué fácil hasta allá llevado era!
Para el feliz, ¡qué había muy pesado!
¡Cómo el ligero séquito danzaba
delante del carruaje de la vida!
¡El amor con la dulce recompensa,
con su guirnalda de oro la ventura,
la claridad con su estelar corona,
y la verdad en el fulgor solar!
Pero, ¡ay! ya en el medio del camino
desorientáronse los compañeros,
sus pasos apartaron, desleales,
y así uno tras otro se apartó.
Volando la ventura huyó ligera,
el afán de saber quedó sediento,
ciñeron de la duda negras nubes
la figura solar de la verdad.
Las sagradas coronas de la gloria
en la frente vulgar vi profanadas,
¡ay!, que pronto, tras corta primavera,
el tiempo bello del amor huyó.
Y siempre más silencio y siempre más
abandono por la fragosa senda,
apenas si encendía una vislumbre
en la lóbrega vía la esperanza.
De todo aquel cortejo alborozado,
¿quién junto a mí permaneció amoroso?
¿Quién, a mi lado aún, me da consuelo,
siguiéndome hasta la morada oscura?
Tú, la que todas las heridas sanas,
de la amistad, callada y tierna mano,
que compartes las cargas de la vida,
tú, a quien busqué ya pronto y pronto hallé,
y tú, la que con ella bien se enlaza,
la que la tempestad del alma aleja,
Ocupación, la que jamás se cansa,
la que, lenta al crear, jamás destruye,
que para edificar eternidades
si un grano alza de arena sobre otro,
también de la gran deuda de los tiempos
borrando va minutos, días, años.
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